jueves, 20 de mayo de 2010
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Ahí veo al dibujante, en su esquina de siempre, dibujando paisajes familiares, esbozos de una mota de tiempo cristalizada, en un papel que vislumbra los ángeles venideros y los demonios pasajeros, en su mano un carboncillo que hace brillar los más ténues halos de la realidad, esa que permanecerá en sus hojas, incorrupta e inalterable al transcurso del tiempo.
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